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Reflexión desde un mundo de guerras y hambrunas genocidas

En un mundo de guerras y hambrunas genocidas, todavía asistimos al forcejeo   por ocupar sillones. Pragmatismos y posibilismos continúan abriendo la puerta a pasteleos y la corrupción resulta gratificante. En un primer momento el pueblo llano aprendió la lección. Se ha mirado en el espejo del poder y ha concluido: "yo haría lo mismo". El tal Fukuyama predicó a los cuatro vientos el fin de la historia, cobró su sueldo y enmudeció. Sin embargo, en occidente, en el llamado "estado de bienestar" se encienden multitud de focos de alarma. Las ideas viajan por internet a la velocidad de la luz. La miseria intercontinental se expande, incontenible, poniendo en evidencia la falacia hipócrita de los gobiernos burgueses, sus prelados, sus generales, sus jueces, su cohorte de bien nutridos. Si se deja entrar a la fuerza de trabajo del Sur, los trabajadores del Norte tendrán que escoger ---lo harán según su cultura---, o unirse a ella y enfrentarse al capital, o competir con ella y hacer el caldo gordo a los capitalistas. Si no se la deja entrar, son las empresas del Norte las que se trasladarán al Sur en busca de la mano de obra barata. Los trabajadores del Norte lo vamos a pasar mal; los del Sur nunca lo han pasado bien. La última etapa de la universalización del capitalismo ha generalizado el dicho: "esto son lentejas...". Tarde o temprano, los trabajadores del Norte y del Sur se darán cuenta de que la libertad burguesa se sitúa por encima de la producción y de la gestión, por encima de la seguridad, el bienestar y la vida de los pueblos. La libertad del burgués sólo tiene un fin: lucrarse. En el Norte, en la medida que las libertades sociales ---duramente conquistadas o concedidas con fines tácticos---, representen para los poderes económicos una merma de su libertad de lucro, se irán restringiendo y, con la pérdida de libertades y de poder adquisitivo de los pueblos, se irá desvaneciendo la hegemonía ideológica del Capital. El carácter parasitario, antisocial, de los empresarios y banqueros será cada vez más evidente ---como lo fue en su tiempo el carácter parasitario de los feudales y aristócratas---. Así como los burgos fueron las plazas desde donde la nueva clase ascendente, la burguesía, anuló el poder de los castillos, las enormes metrópolis modernas, exacerbarán las contradicciones en las que la burguesía pondrá en evidencia su peligrosa inutilidad...

La historia avanza, a trancas y barrancas, arrastrando el pesado lastre de la ignorancia, la desinformación, la promoción sistemática del egoísmo, que empieza en la familia, se respira en la educación competitiva, la publicidad consumista, el ancestral "sentido común". Sin duda, cualquier lucha social necesita enfrentarse a muerte con la manipulación, la intoxicación, la desinformación mediática. No existe determinismo histórico, aunque esté demostrado que las fuerzas productivas tienen un cauce de desarrollo. No podemos olvidar que también las fuerzas destructivas siguen el mismo cauce. La historia es pues el resultado del enfrentamiento de dos tendencias nacidas de la realidad social, la egoísta y la altruista. La egoísta hace todo lo que está en su poder para perpetuar la explotación de la fuerza de trabajo; la altruista, lucha por desterrar esa explotación. La tendencia egoísta, primando la economía, pone en peligro la naturaleza; la tendencia altruista defiende la naturaleza como matriz de la economía. La tendencia egoísta tiene el poder y lo ejercerá tanto más brutalmente cuanto más peligre su hegemonía ideológica. A la tendencia altruista le queda la inmensa superioridad del número y la inmensa fuerza que da la razón. Pero le falta, por ahora, encontrar el camino que le lleve a generalizar la conciencia de clase y a la unidad en torno a objetivos claros de emancipación social. A la globalización del capital sólo se le puede hacer frente con la globalización organizada de la lucha anticapitalista. Las luchas solidarias y por la paz y el desarme universal son parte de la lucha por la concienciación del sujeto social global, porque el capitalismo no puede sobrevivir y desarrollarse sin guerras de rapiña y sin disputarse los mercados. 

José Martínez Carmona

29-11-2008

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